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Sobre la Reina Lupa, Dugium y la traslación del Apóstol Santiago

Imagen de la traslación del Apóstol Santiago

Flotando sobre las ondas de las aguas, una extraña nave se acercaba al arenal poco a poco. No era como las que acostumbraban a surcar las aguas de Galicia, sino más bien del tipo de aquellas otras en que Jesucristo había navegado con sus discípulos. No llevaba remador ni marinero al timón, pues la barca navegaba sin guía. Sin embargo, cuatro hombres envueltos en blancos lienzos rodeaban un cuerpo sin vida, al parecer.

La barca llegó hasta la desembocadura de un río y remontó las aguas de éste hasta un lugar en donde se detuvo, quedando varada. Saltaron a tierra los hombres y amarraron a una especie de media columna de piedra la cuerda que sujetaba la barca. Después sacaron el cuerpo inerte de la embarcación y lo posaron sobre una gran losa que, como si fuese de cera, se reblandeció para acoger amorosamente en su seno aquel cadáver. Desde entonces se aplicó a aquel lugar el nombre de Pedrón, en recuerdo del milagro que convirtió la gran piedra en lecho mortuorio.

Uno de los hombres, después de tender su mirada sobre la parte de la ribera que desde allí se divisa, dijo:

– ¿Dónde vamos a enterrarlo? No me parece apropiado este lugar; pero, ¿cómo transportarlo a otro más apropiado?

– Veamos si hay cerca alguna casa, si encontramos un carro.

– Aguardadme aquí al pie del Santo patrón, yo iré a ver – dijo el más joven de los cuatro.

Y se encaminó por la única senda que trazaron las pisadas entre las hierbas y los zarzales. Anduvo algún tiempo y, al fin, divisó en la lejanía una luz mortecina que, sin duda alguna, señalaba una morada. Apresuró el paso y, cuando llegó a la cumbre de una colina en la cual se asentaba, vio que era un gran castillo. Batió fuertemente en la puerta y una voz le preguntó qué era lo que allí buscaba a tales horas.

– Quisiera hablar con el señor amo de este castillo.

– No son estas horas para hablar con nuestra señora la Reina Lupa le respondieron

Fue preciso aguardar hasta el día. Y cuando el sol ya se elevaba sobre las cumbres de los montes vecinos, la reina Lupa se dignó a recibir a aquel hombre desconocido que había llegado a sus puertas. El pidió ayuda para trasladar aquel cuerpo santo que con ellos traían, diciéndole:

– Dios te envía muerto aquel a quien tal vez no quisieras recibir en vida. Acogelo y honralo para que seas honrada al llegar tu hora.

Con una sonrisa burlona replicó ella:

– Es preciso que veas a Régulo, el Gran Jefe, el sacerdote de Ara Solis que mora en Dugium. Es él quien puede ayudaros.

Pero aconteció que Régulo hizo prender y encarcelar a los cuatro navegantes. Y bueno fue que el cuerpo santo que con ellos habían traído, estuviese recubierto por los arbustos que crecían en el lugar. Así nadie se dio cuenta de su presencia.

Cuando la noche se cerró, encapotada y oscura, se perfiló en la prisión como una lucecita de luciérnagas o de pequeñísimas estrellas, como una portada que no tenía existencia real, pero que permitió salir a la libertar de los campos a aquellos prisioneros por un milagro de los ángeles. Y los cuatro caminaron en busca del sagrado cuerpo que estaba junto al pedeón. Pero pronto se vieron perseguidos por los soldados de Régulo que iban tras ellos. Fue por poco tiempo. Al pasar un puente sus perseguidores se hundió aquél con gran estruendo y todos cayeron al agua, muriendo unos bajo las piedras y arrastrados los otros por la corriente del río Támara o Tambre.

Se extendió rápidamente la noticia y nadie se atrevió a ir en contra de aquellos hombres. Ellos entonces volvieron al castillo de la Reina Lupa y le pidieron ayuda nuevamente.

– Dios está con nosotros – le dijeron – mejor será para ti que nos ayudes. Solamente queremos que nos prestes un carro y una pareja de bueyes.

– Pues sí – dijo ella – pero yo no tengo bueyes en el castillo. Todos andan sueltos por el monte. Id allá y tomad los que preciséis. Y les indicó el monte, en el cual tenía gran cantidad de toros bravos.

Fueron los cuatro hombres en busca de los bueyes. Y sucedió que aquellos toros acudieron mansamente junto a ellos y se dejaron acariciar como si fueran dóciles corderillos. Entonces pusieron en el carro la losa en donde reposaba el santo cuerpo de Sant-Iago y, guiados por una estrella del cielo, caminaron hasta un lugar que llaman Libredón. Y allí silenciosamente enterraron el santo cuerpo, donde, años más adelante, fue descubierto y venerado.

Dícese de la cruel Reina Lupa, admirada de tantos milagros, mandó derribar el tempo de Ara Solís y se hizo cristiana.

Fuente: Las leyendas tradicionales gallegas de Leandro Carré Alvarellos.

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