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El naufragio del Adelaide, entre la leyenda y la realidad

Laxe

Nos situamos en una noche de invierno y con un terrible temporal. Era un 19 de diciembre de 1850 a las ocho y media de la noche cuando se hundía en Laxe el bricbarca de tres palos denominado “Adelaide”, matrícula de Bristol, y capitaneado por William Dovell, con dirección a las Antillas. Viajaban a bordo un pasajero y trece tripulantes, entre ellos, la esposa del capitán y su hijo. El mar, embravecido, acababa con la vida de todos sus tripulantes, a excepción del capitán, quien, sin embargo, perdía a su mujer y a su hijo. El “Adelaide” estaba contratada por el gobierno inglés, para no levantar sospechas de una misión muy especial y delicada.

De vez en cuando, el gobierno inglés tenía la necesidad de enviar a las colonias armas y monedas acuñadas en oro; para sus ejércitos y bancos de ultramar. En el barco iba un supuesto Agente del Gobierno británico en misión secreta y ocultaba en sus bodegas un cargamento de armas y oro. Los raqueros, avisados por los nobles locales y estos por algunos lores traidores, prepararon el conocido truco de las luces. Estas estaban en lo alto de la playa, tal como dice la leyenda, para que fuesen visibles para todos los barcos que como este navegaban al abrigo de la costa. Y fueron ellas, junto a las situadas en la punta del cabo, las que atrajeron al “Adelaide” hasta la playa.

William Dovell El capitán pareció darse cuenta de la trampa en la que había caído e intentó salir cambiando el rumbo de su barco. Fue entonces cuando el “Adelaide” quedó atravesado a las gigantescas olas con las velas destrozadas y haciendo de rompeolas con la playa.

El cofre, con las monedas acuñadas en oro, por cuyo motivo se hizo naufragar este barco, también fueran sacadas del barco y puestas a buen recaudo. El pasajero que era el representante del gobierno británico buscó con desesperación y terror la salvación fuera de la playa, pero fue encontrar la muerte en un cobertizo al ser descubierto.

Al día siguiente, las gentes de Laxe se encuentran la playa salpicada de cadáveres y el capitán yacía semi-inconsciente entre las rocas de Punta Cabalo, su mujer e hijo de 12 años mueren ahogados también, y según dicen los lugareños, sus cadáveres aparecieron abrazados en la playa. El señor que gozaba de los derechos del naufragio, ordenó dar sepultura a los tripulantes en el “Cotillón do monte do Cabo da Area”. Y gracias a don Manuel Canizas Figueroa, que se interpuso ante la intolerancia del curra a enterrar a la esposa e hijo del capitán, por no ser católicos, estos fueron enterrados en la huerta que tenía el señor, lindando con el cementerio de la iglesia. El último cadáver encontrado fue el del representante del gobierno, que a petición del capitán, fue enterrado al lado de los suyos.

Mr. Dovell, por orden de su gobierno y de la casa aseguradora del “Adelaide”, se quedo bastante tiempo en Laxe para averiguar que fue del oro desaparecido en el naufragio. Tiempo que aprovechaba para cruzar la playa con la Biblia en la mano e ir rezarle a los muertos de aquella tragedia, después de haberlo hecho ante los suyos.

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